Generador de nombres de magos
Pulsa y saca una tanda de nombres de magos y de magas hechos con tres piezas: un nombre de pila en desuso, una casa con topónimo y un epíteto que le puso otro. Los cincuenta de más abajo están escritos a mano.
Cada tanda lleva un número. Guarda el enlace y vuelven los mismos nombres, en el mismo orden y con los mismos epítetos. Número de tanda 936918
50 nombres de magos y magas con su epíteto
Escritos a mano, no sacados del generador. Cada entrada cuenta de dónde viene el nombre de pila y qué insinúa el epíteto sobre quien lo lleva.
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Beltrán es un nombre de pila que dejó de ponerse hace siglos y por eso suena a documento. Valdehiedra es un valle cubierto de hiedra: un mago con tierras, no un ermitaño.
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Álvar es la forma vieja y apocopada, bastante más seca que Álvaro. La peña escura sitúa al personaje en un risco sin sol, que es justo donde debe estar su torre.
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Anselmo suena a maestro de escuela hasta que llega el apellido. Un río de cuervos no aparece en ningún mapa, y esa es toda la gracia del contraste.
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Fadrique es la forma castellana antigua de un nombre germánico y arrastra siglos de crónica. La torre negra es literal: se ve desde el camino y nadie pregunta de quién es.
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Íñigo es vasco y viejísimo, y la tilde manda el acento a la primera sílaba. El cierzo es el viento seco del norte, así que el monte ya avisa del clima y del carácter.
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Nuño cabe en un grito y no se parece a nada moderno. Un castro es una fortificación vieja, y si está yermo es porque alguien se ocupó de vaciarlo.
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Ramiro es de los pocos nombres de esta lista que todavía se usa, así que hace de puente con el lector. El vado explica por dónde se cruza y qué quedó en la orilla.
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Tello es breve, medieval y bastante rudo de decir. Un olmo seco es un árbol que sigue en pie sin estar vivo, que resulta una descripción muy exacta del oficio.
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Galindo suena aragonés y de frontera. Las aguas frías dan un apellido en plural, cosa poco frecuente y perfectamente real en la toponimia peninsular.
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Zoilo es raro incluso entre los nombres raros y empieza por zeta, lo que ya lo separa de todo lo demás. La fuente en sombra es agua que no ve el sol en todo el año.
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Elvira ha sobrevivido mil años sin cambiar de forma, así que se lee cercano. El valle sombrío no promete nada bueno, y esa mezcla de familiar y siniestro es la que funciona.
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Berenguela es largo, sonoro y está completamente en desuso, de modo que suena antiguo sin necesidad de explicarlo. La sierra con niebla pone la casa por encima de las nubes.
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Urraca fue nombre de reinas y es también un pájaro que roba: las dos lecturas sirven y ninguna sobra. Peñalobos aporta la roca y la manada en una sola palabra.
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Mencía es corto, dulce y castellano viejo de verdad. La espina seca corrige esa dulzura de golpe, sin una sílaba de más.
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Gontrodo es un nombre leonés medieval que hoy no lleva nadie y suena a pergamino. El cerro quemado cuenta que hubo un incendio y que todavía se nota.
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Onneca es navarro y antiguo, con esa doble ene que el castellano moderno ya no escribe. El pozo negro conviene entenderlo de forma literal.
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Violante fue un nombre cortesano y hoy suena a retrato colgado. El nogal viejo da una sombra tan densa que debajo no crece nada, y eso ya es medio personaje.
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Alduara es gallego medieval y no se parece a ningún nombre actual. Una villa yerma es un pueblo abandonado, así que el apellido nombra algo que ya no existe.
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Fronilde es de los nombres más extraños que dan los documentos leoneses, y justo por eso conviene. Una torre ciega es una torre sin ventanas: se entra, no se mira.
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Zaida viene del andalusí y aporta a la lista una raíz distinta de todas las demás. El río salado es agua que no se puede beber, buen apellido para quien vende remedios.
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Aldemar suena germánico y de crónica. Insomne no cambia en femenino, así que el epíteto vale igual para él o para ella, y habla de años de trabajo antes que de una hazaña.
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Casiano tiene un aire monástico y latino que engaña. Descreído es un insulto suave, y en pluma de cronista significa que el hombre discutía con quien no debía.
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Egidio es la forma culta y vieja de un nombre que hoy suena a otra cosa. Innombrado no es que no tenga nombre: es que dejaron de escribirlo, y eso pesa mucho más.
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Jimeno es el masculino de Jimena y bastante más raro de encontrar. El epíteto cuenta tres accidentes seguidos y ninguno mortal, que es la clase de dato con el que se abre una campaña.
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Lisuarte es un nombre de libro de caballerías, ampuloso a propósito. La construcción con el de funciona porque describe el edificio y deja al hombre en segundo plano.
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Munio es corto, áspero y completamente medieval. Callado es el epíteto más barato de toda la lista y probablemente también el más inquietante.
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Ordoño lleva la eñe en medio y suena a rey de León. Postrero es la forma antigua de último: el último de una escuela, de un linaje o de una guerra, y conviene no aclarar cuál.
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Sancho aparece tanto en las crónicas que casi no llama la atención, y el epíteto lo compensa entero. Volver del río quiere decir que antes se ahogó en él.
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Aldonza es un nombre castellano viejo con fama de rústico. La Sin Nombre no varía en masculino ni en femenino, y contradice al nombre propio a propósito.
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Constanza ya lleva la constancia dentro, así que el epíteto la subraya en lugar de añadirle nada. La repetición es intencionada y suena a broma de cronista.
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Ermesinda es visigodo y largo, de los que ocupan una línea entera. El epíteto cuenta dos muertes fallidas, y lo interesante es quién la sacó del agua la segunda vez.
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Jimena es de los pocos nombres de la lista que sigue vivo, y eso lo convierte en una buena puerta de entrada. Marchita es cruel, que es como escribían los cronistas sobre las magas.
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Leonor es elegante y cortesano, sin ninguna aspereza. La que no duerme no aclara si es por castigo o por costumbre, y esa duda es lo que hace útil el epíteto.
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Oria es brevísimo y aparece ya en los primeros textos castellanos. Sin ventura quiere decir sin suerte, y en boca de un cronista suena casi a diagnóstico médico.
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Teodora es griego y llegó por vía culta, así que desentona un poco entre tanto nombre de meseta. Encendida sirve para la ira, para la fiebre y para el fuego, y mejor no aclarar cuál.
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Velasquita es un diminutivo medieval que hoy sonaría imposible, y ahí está su valor. Nueve nombres anteriores significan nueve identidades abandonadas por el camino.
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Nombre completo de crónica: pila, casa y epíteto. Vermudo es la forma vieja de Bermudo, y lo de no tener sombra es el detalle que en el pueblo nadie comenta en voz alta.
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Teodulfo es pesado a propósito y el apellido lo confirma. Tardío dice que llegó tarde al poder, a la escuela o a la guerra, y las tres versiones funcionan igual de bien.
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El epíteto repite preposición y artículo, que es exactamente como se construye esto en castellano hablado. El yermo blanco puede ser sal o puede ser nieve, y mejor no decidirlo.
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Tres piezas cortas seguidas y ninguna sílaba de sobra. Es el nombre más seco de la lista y le sirve a un mago de frontera con muy pocas ganas de conversación.
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La hiedra del apellido y el fuego del epíteto se contradicen, y esa contradicción es el personaje: alguien que cultiva y quema dentro de la misma finca.
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Tres piezas encajadas sin holgura: pila corta, casa oscura y un epíteto de una sola palabra. El conjunto cabe en una lápida, que es justo el efecto que se busca.
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Paciente no es aquí ningún elogio: es lo que se dice de quien esperó a que se murieran los demás. El apellido de sierra alta explica desde dónde estuvo esperando.
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Sancha es el femenino de un nombre muy común en las crónicas, así que suena a persona documentada. La fuente del lobo y el insomnio se encargan del resto.
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El epíteto en femenino cambia una sola letra y con ella todo el sentido. Tres hogueras y ninguna definitiva: alguien del concejo tiene un problema serio.
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La construcción con la de es castellano hablado purísimo y no tiene equivalente cómodo en inglés. Sitúa a la maga por su edificio, igual que se sitúa a la gente en los pueblos.
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Nuña es el femenino de Nuño y aparece poquísimo, lo justo para sonar auténtico. Innombrada implica que hubo una decisión de borrarla, y las decisiones tienen autor.
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Postrera es la forma antigua de última y suena a final de linaje. Con un apellido de peña y de lobos, ese linaje no debió de ser precisamente pacífico.
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Un nombre de raíz andalusí con un apellido de meseta: la mezcla cuenta una biografía entera sin gastar una frase. Descreída, en una crónica, casi nunca significa lo que dice.
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El apellido y el epíteto se pelean por la misma palabra, y esa insistencia es lo que vuelve memorable el conjunto. Una maga de valle umbrío que no proyecta sombra.
¿Qué hace que un nombre suene a mago?
En castellano el nombre no suena antiguo por la ortografía sino por la estructura. Un nombre de pila en desuso, un apellido que empieza por de y nombra un sitio, y un epíteto con artículo detrás: la Insomne, el Postrero, el Que Volvió del Río. Las crónicas medievales apodaban así, y por eso funciona.
Un nombre de mago tiene dos mitades y casi todo el mundo escribe solo la primera. El nombre de pila coloca al personaje en una cultura, y el epíteto lo coloca en una historia. Beltrán es un señor con tierras. Beltrán el Descreído es alguien de quien todavía se discute los días de mercado.
De dónde salen los nombres de pila
Aquí no se envejece un nombre con ortografía rara, porque en castellano eso no funciona: se envejece con nombres que ya nadie pone. Vermudo, Gontrodo, Fronilde, Onneca, Alduara y Velasquita están todos documentados en la Península antes del año 1200 y ninguno ha llegado vivo hasta hoy, así que el lector los lee como antiguos sin que nadie se lo explique. Zaida aporta además la raíz andalusí, que es la otra mitad de la historia peninsular y suele faltar en las listas de fantasía.
El apellido es un sitio
El castellano no pega dos raíces para inventar un apellido: lo forma con la preposición de más un topónimo, y ese topónimo sí es un compuesto, hecho hace siglos y escrito entero. Valdehiedra, Peñaescura, Cerroquemado y Riosalado siguen la morfología real de los apellidos castellanos, y cada uno describe un paisaje del que el personaje salió andando. Si el paisaje es un país entero y no un valle, los reinos y los imperios con su estilo formal salen del generador de nombres de reinos.
Ganarse el epíteto
El epíteto no es un rango ni una clase de reglamento. Es lo que escribió un cronista después, casi siempre sin cariño, y el mago no tuvo voto. Las crónicas peninsulares apodaban así a sus reyes, el Sabio, el Doliente, el Cruel, y ese molde sigue siendo el más natural en castellano. Aquí hay una regla de hierro: el epíteto concuerda con la persona, de modo que el Marchito y la Marchita nunca se cruzan, y el artículo es lo primero que dice si estamos hablando de un mago o de una maga.
Más generadores de nombres
Las mismas reglas de unión, otro género. Cada uno tiene su propia herramienta y sus propios cincuenta elegidos.